Lo primero: alergia e intolerancia no son la misma cosa

En casa las mezclamos todo el rato, pero conviene separarlas, porque no son igual de serias.

  • Alergia es cuando el sistema de defensa del cuerpo se equivoca y trata una proteína de un alimento —que debería tolerarse sin problema— como si fuera un enemigo. Es una falsa alarma, y en sus formas más fuertes puede llegar a ser peligrosa para la vida [1].
  • Intolerancia es otra cosa: aquí no hay defensas de por medio, es más bien una pieza que falla en la fábrica digestiva. El ejemplo típico es la lactosa: al cuerpo le falta la enzima que la digiere (la lactasa) y aparecen gases, hinchazón y diarrea, pero no hay riesgo para la vida [1][14].

Una manera de recordarlo: la alergia dispara una alarma general del cuerpo; la intolerancia es un engranaje concreto que chirría. Una puede ser grave; la otra, molesta.

Dentro de las alergias hay dos velocidades

No todas las alergias se parecen:

  • Las rápidas (los médicos las llaman «mediadas por IgE»): los síntomas salen enseguida, casi siempre antes de una hora tras comer —ronchas, hinchazón, vómitos de golpe— y son las que pueden acabar en una reacción muy grave [2][4].
  • Las lentas («no mediadas por IgE»): tardan más de dos horas, a veces días, y dan sobre todo molestias digestivas —cólicos, vómitos, diarrea (a veces con sangre), rechazo del alimento, poca ganancia de peso— [3][4].

Esto tiene una consecuencia que confunde mucho a las familias: en las alergias lentas, las pruebas de sangre y las de la piel salen negativas, y aun así puede haber alergia. Por eso lo que dice el pediatra no siempre coincide con «me han dicho que dio negativo» [4].

La alergia a la leche de vaca (APLV), la más habitual de bebé

La proteína de la leche de vaca es la alergia con la que más se topan las familias en los primeros meses. Puede ser de las rápidas o de las lentas, y la buena noticia es que casi siempre se supera: en la forma rápida, alrededor de 9 de cada 10 niños la han dejado atrás hacia los 6 años [4]; en la lenta suele resolverse aún antes, entre el primer y el tercer año [3][4]. El pediatra decide cómo alimentar al bebé mientras tanto (fórmulas especiales, o quitar los lácteos de la dieta de la madre si toma pecho); eso no lo decides por tu cuenta [3][4].

Otros alimentos que dan alergia

  • Huevo: junto con la leche, de los más frecuentes en los primeros años. También se supera con el tiempo: la mitad de los niños hacia los 5 años, y tres de cada cuatro entre los 7 y los 9 [5].
  • Frutos secos: aquí la historia es distinta. Es de las alergias más tercas: solo 1 de cada 10 la supera solo [7]. En España, la nuez es la que más alergia da [7]. Pueden dar reacciones fuertes, así que se toman en serio.
  • Pescado: también suele durar. Un detalle práctico: hay que vigilar los caldos, las sopas de pescado y el surimi («palitos de mar»), porque llevan pescado aunque no lo parezca [6].

La urgencia de verdad: la anafilaxia

Es la reacción grave, y hay que saber reconocerla. Se sospecha cuando, poco después de comer, aparecen a la vez cosas como: ronchas o hinchazón en la piel y dificultad para respirar, pitidos, voz ronca, hinchazón de garganta, mareo o pérdida de fuerza [11][12].

Qué se hace: si el bebé ya tiene una alergia grave diagnosticada, su médico le habrá recetado un autoinyector de adrenalina y os habrá enseñado a usarlo; se usa cuanto antes, como un extintor en cuanto hay fuego, no como última opción. Y siempre se llama al 112, aunque parezca que mejora, porque los síntomas pueden volver horas después [11][12]. Nunca se deja al niño solo ni se espera «a ver si se le pasa».

Cómo se detecta bien (y cómo NO)

  • Sí sirve: que el pediatra pregunte con calma qué pasó (qué comió, cuánto tardó, qué síntomas), y si hace falta, una prueba en la piel (prick test), un análisis de IgE específica, o la prueba definitiva: darle el alimento bajo vigilancia médica para ver qué pasa [8].
  • No sirve: los test que se venden por ahí —de una gota de sangre (IgG), de un pelo, con aparatos de «bioresonancia» o la «máquina que mides poniendo la mano»—. No tienen respaldo científico, y un positivo suele significar solo que el cuerpo conoce ese alimento y lo tolera con normalidad, no que le haga daño [8][10][13]. Fiarse de ellos puede llevar a quitarle comida al bebé sin motivo, y eso sí hace daño.

Y una pista para el futuro: la piel

A veces la primera señal de que un bebé tiene un terreno «alérgico» es el eczema (dermatitis atópica) en los primeros meses. Algunos de estos niños desarrollan después alergias alimentarias y, más adelante, asma o rinitis; es lo que se llama marcha atópica [17]. Por eso cuidar la piel del bebé no es solo estética. Ahora bien: cuánto reduce esto el riesgo de alergia a los alimentos todavía se está investigando, así que lo tomamos como un cuidado sensato, no como una garantía [17].

El test que compras en la farmacia mide lo contrario de lo que crees

Una madre me enseña un papel con una lista de veinte alimentos marcados en rojo. Se lo ha hecho su bebé de siete meses: una gota de sangre, y a los diez días, el veredicto. «Intolerante a la leche, al huevo, al trigo…». Le han quitado medio menú. El bebé sigue igual, y ahora, además, come menos. El papel no diagnosticó nada. Midió otra cosa. Voy a contar la historia corta, en el orden en que la he visto funcionar.

Aviso primero de lo que este texto no es: no es un manual para diagnosticar en casa ni para decidir qué retirar del plato. Eso es del pediatra y del alergólogo pediátrico. Aquí solo separo conceptos que se confunden y señalo dónde está el número de verdad.

Empecemos por la confusión de base. Alergia no es intolerancia; son dos aparatos distintos. La alergia mete en juego al sistema inmunitario: reacciona contra una proteína del alimento que debería tolerar, y en su forma mediada por IgE puede escalar hasta la anafilaxia, que es potencialmente mortal [1]. La intolerancia no toca el sistema inmunitario: es un fallo enzimático o digestivo —el caso claro es el déficit de lactasa— que da molestias, no un riesgo vital [1][14]. Confundirlas cuesta en las dos direcciones: se minimiza una alergia real y se dramatiza una intolerancia leve.

Y aquí la primera honestidad técnica: dentro de la alergia también hay dos relojes. La IgE-mediada corre —síntomas antes de una hora— y es la que puede matar [2]. La no IgE-mediada es lenta —más de dos horas, a veces días— y habla en idioma digestivo: cólicos, vómitos, diarrea, poca ganancia de peso [3][4]. La consecuencia práctica es contraintuitiva y conviene fijarla:

En la alergia no mediada por IgE, el prick test y la IgE en sangre salen negativos por definición. Un análisis negativo no cierra el caso [4].

La alergia a la proteína de leche de vaca (APLV) es el ejemplo de casa. Tiene sus dos documentos españoles de referencia, y merece la pena no confundir la autoría: la forma IgE-mediada la firma el documento de posición de la SEICAP encabezado por Martorell-Aragonés (2015) [2]; la forma no IgE-mediada, el consenso de cuatro sociedades (SEGHNP, AEPAP, SEPEAP, SEICAP) encabezado por Espín Jaime (2019) [3]. El dato que baja la ansiedad: la APLV es mayoritariamente transitoria. En la forma IgE-mediada, en torno al 90% la ha superado hacia los 6 años [4]; la no IgE suele resolverse antes, entre 1 y 3 años [3][4].

No todos los alérgenos se van igual de fáciles. Aquí el mapa, con su pronóstico:

Alimento¿Se supera?Dato
Leche de vaca (IgE)Sí, casi siempre~90% hacia los 6 años [4]
HuevoSí, con el tiempo50% a los 5 años; 75% a los 7-9 [5]
Frutos secosPoco: es tercoSolo el 10% lo supera de forma espontánea [7]
PescadoSuele persistirVigilar caldos, sopas y surimi [6]

Y ahora el papel del principio. El test de IgG de farmacia no es una prueba de alergia; es un termómetro de exposición. No lo digo yo por gusto: la guía NICE es taxativa —«Do not use serum-specific IgG testing in the diagnosis of food allergy»— y desaconseja expresamente el test de Vega, la kinesiología aplicada y el análisis de cabello [8]. Tener IgG frente a un alimento indica que el cuerpo lo conoce y lo tolera con normalidad; es señal de un sistema inmunitario que funciona, no de un problema [10][13]. Medir cuánto ha comido alguien de un plato no dice si le sentó mal.

Lo que esto te exige, en reglas concretas —no principios abstractos—:

  1. No excluyas un alimento de forma sostenida sin diagnóstico médico confirmado. Una exclusión mal fundada le quita nutrientes al bebé y no arregla el problema si la causa era otra.
  2. No compres ni te fíes de tests de IgG, pelo, «bioresonancia» o electrodérmicos. No tienen validez científica [8][10][13]. Si te los ofrecen en una farmacia, un gimnasio o una peluquería, ese es exactamente el sitio donde no se diagnostica una alergia.
  3. Un análisis negativo no descarta la alergia lenta. Si el pediatra sospecha una APLV no IgE, se guía por la historia clínica y la respuesta a la dieta, no por un papel [3][4].
  4. Ante labios o lengua hinchados con dificultad para respirar tras comer, actúa: es anafilaxia mientras no se demuestre lo contrario. Si hay autoinyector de adrenalina recetado, se usa cuanto antes —el retraso empeora el pronóstico— y se llama al 112. Siempre. Aunque mejore, porque puede haber una recurrencia horas después [11][12].
  5. Deriva. La sospecha se confirma con historia clínica dirigida y, si procede, prick test, IgE específica o provocación oral supervisada —el patrón oro— hecha donde puedan tratar una reacción [8].

Una limitación, para no vender de más: que cuidar la piel del bebé con eczema (la puerta de entrada de la «marcha atópica») reduzca el riesgo de alergia alimentaria es plausible y hay biología detrás, pero cuánto lo reduce sigue en investigación [17]. Lo trato como cuidado sensato, no como escudo.

El papel de la madre no medía intolerancias. Medía que su bebé había comido. La prueba de la verdad se hace con red, en la consulta, no con una gota de sangre y una lista en rojo.

Marco conceptual

Alergia alimentaria: reacción de hipersensibilidad inmunitaria, adversa y reproducible, frente a un antígeno (habitualmente proteico) de un alimento. Se subclasifica por mecanismo [1][4]:

  • IgE-mediada: hipersensibilidad tipo I; inicio en minutos hasta 1-2 h. Manifestaciones cutáneo-mucosas, respiratorias, cardiovasculares y digestivas de instauración rápida; es la forma con riesgo de anafilaxia [2].
  • No IgE-mediada: mecanismo celular; latencia > 2 h, hasta días. Fenotipos digestivos (proctocolitis, enteropatía, FPIES). Pruebas cutáneas e IgE específica negativas de forma esperable [3][4].
  • Mixta: componente IgE y celular (p. ej., esofagitis eosinofílica, algunas dermatitis atópicas).

Intolerancia: reacción no inmunológica (enzimática, farmacológica o funcional). Prototipo: hipolactasia. Sin riesgo anafiláctico [1][14].

APLV — precisión de fuentes

Dos documentos españoles de referencia con autoría y objeto distintos, que no deben intercambiarse:

  • IgE-mediada: documento de posición de la SEICAP, primer autor Martorell-Aragonés A (Allergol Immunopathol, 2015) [2]. (Martín-Muñoz MF figura como coautora, no como primera autora.)
  • No IgE-mediada: consenso SEGHNP/AEPAP/SEPEAP/SEICAP, primer autor Espín Jaime B (An Pediatr, 2019) [3] — referencia general de «consenso APLV español».

Pronóstico: APLV IgE-mediada resuelta en ~90% hacia los 6 años [4]; no IgE-mediada, típicamente 1-3 años [3][4]. Manejo (indicación médica, no autoprescripción): evitación estricta; en no amamantados, fórmula extensamente hidrolizada de primera línea y fórmula elemental (aminoácidos) en casos graves o sin respuesta; en lactancia materna, exclusión de lácteos en la dieta materna, sin suspender la lactancia [3][4].

Otros alérgenos

  • Huevo: de los más prevalentes en la primera infancia; resolución ~50% a los 5 años y ~75% a los 7-9 años; se distingue tolerancia a huevo cocido frente a crudo/poco cocinado [5].
  • Frutos secos: persistencia elevada; resolución espontánea ~10% [7]. En España, la nuez es el principal implicado y se asocia a reacciones más severas (estudio Pronuts) [7]. El diagnóstico molecular por componentes ayuda a estratificar riesgo [6][7].
  • Pescado: alérgeno principal parvalbúmina, con reactividad cruzada intraespecies variable; suele persistir. Precaución con caldos/fumets, gelatina y surimi; en general, alergia a pescado no implica alergia a marisco salvo contaminación cruzada [6].

Diagnóstico — algoritmo válido y pruebas sin valor

Secuencia según NICE (CG116) y guías EAACI [8][10]:

  1. Historia clínica dirigida a alergia antes de cualquier prueba (NICE: «Do not carry out allergy testing without first taking an allergy-focused clinical history») [8].
  2. En sospecha IgE-mediada: prick test y/o IgE sérica específica [8][10].
  3. Provocación oral controlada en medio preparado: patrón oro para IgE y no IgE [8][10].

Sin validez científica (no usar): IgG específica (NICE 1.1.19), test de Vega/electrodérmico, kinesiología aplicada, análisis de cabello (NICE 1.1.18), bioresonancia [8]. La IgG frente a un alimento es marcador de exposición y tolerancia normal, no de enfermedad [10][13]. Distinguir sensibilización (IgE positiva asintomática) de alergia clínica (IgE positiva + reacción reproducible): la magnitud de la IgE no predice la gravedad de la siguiente reacción.

Anafilaxia — reconocimiento y manejo (informativo)

Criterios: inicio agudo con afectación cutáneo-mucosa (> 80% de los casos pediátricos) junto con compromiso respiratorio y/o circulatorio tras exposición a alérgeno probable; con estos criterios se identifica > 95% de los episodios [11][12]. Tratamiento de elección: adrenalina intramuscular precoz en cara anterolateral del muslo; el retraso empeora el pronóstico [11]. Los autoinyectores se dispensan en dosis fijas prescritas por el médico según el peso del niño; la pauta y el entrenamiento los establece el profesional, no esta ficha. Activación del 112 siempre, con observación por posible reacción bifásica (recurrencia entre 4 y 12 h) [11][12]. Alérgenos alimentarios más implicados en la infancia: leche, huevo, frutos secos, pescado/marisco [12].

Cuándo derivar

Derivar a pediatría/alergología pediátrica ante: reacción inmediata reproducible tras un alimento; clínica digestiva persistente con escasa ganancia ponderal (posible APLV no IgE); eczema atópico precoz y grave (fenotipo de riesgo de la marcha atópica) [17]; y cualquier antecedente de reacción sistémica. La intolerancia a la lactosa secundaria postgastroenteritis es habitualmente transitoria (2-6 semanas), más frecuente en menores de 2 años, y no exige retirada sistemática de lactosa [14][15]; la hipolactasia primaria por declive de lactasa aparece típicamente a partir de los 2-3 años (afecta a ~15% de la población en España), por lo que una «intolerancia de siempre» en un lactante de pocos meses obliga a buscar otra causa [14]. Para la enfermedad celíaca, cribado dirigido a grupos de riesgo (no poblacional) y diagnóstico según criterios ESPGHAN 2020, siempre con el niño consumiendo gluten [16].

Nota de coherencia

La prevención primaria —no retrasar la introducción de alérgenos habituales dentro de la ventana de la alimentación complementaria— se desarrolla en la ficha de alimentación complementaria (X3) y no se duplica aquí; esta ficha aborda la alergia/intolerancia ya instaurada.